Mi vida es la música (y mi propósito, sembrarla)
Siempre he creído que la música es algo que se vive. De niña, me recuerdo cantando a todas horas, componiendo pequeñas melodías en mi teclado o encerrándome en mi habitación durante horas para escuchar música y bailar. De hecho, mi conexión con el movimiento empezó de manera muy precoz, cuando con apenas cinco años aprendí a bailar jotas castellanas y, más tarde me inventaba mis propias coreografías para enseñárselas entusiasmada a mis compañeras en el patio del colegio.
Sin embargo, hay momentos que cambian el rumbo de una vida. El mío llegó gracias a mi profesor de música del colegio. Él vio en mí una chispa, un potencial que yo aún no alcanzaba a comprender, y animó a mis padres a matricularme en el Conservatorio. Así, entre las teclas del piano y el latido de la percusión, comenzaron mis estudios musicales formales.
Mi camino, no obstante, nunca ha sido lineal, y hoy agradezco esa curiosidad por aprender que me sigue definiendo. Hice bachillerato de ciencias de la salud y me titulé en Química Ambiental. El laboratorio me regaló algo valioso: una mente analítica, una estructura científica y un profundo respeto por los procesos naturales y de desarrollo. Sin saberlo entonces, estaba entrenando mi mente para lo que vendría después.
Mi experiencia como docente empezó pronto, incluso antes de terminar la carrera de piano, llevando la música al ámbito rural. Después, antes de embarcarme en mi gran proyecto personal, pasé casi diez años trabajando como profesora de música en una academia y explorando a fondo diferentes metodologías pedagógicas de prestigio internacional. Pero, a medida que enseñaba, observaba. Y al reflexionar profundamente sobre la práctica en el aula, sentí que existía otra forma de enseñar; una más humana, más orgánica, más conectada con el cerebro y el corazón del niño. En ese momento, nació Yoglar.
Yoglar surge de mi propia observación en el aula. Sentí la necesidad de crear una enseñanza musical que fuera útil para todas las personas. Un espacio que potenciara la musicalidad innata de cada niño, independientemente de sus capacidades o limitaciones, colaborando de manera real en el desarrollo integral del ser humano.
Lo que realmente me define es el amor profundo que siento hacia la música. Creo firmemente en el poder transformador de la música. Es esa autoexigencia, el deseo constante de seguir mejorando y la curiosidad inagotable, lo que me impulsa a seguir innovando e investigando cada día. Porque la música es el lenguaje con el que nacemos, y mi misión es ayudar a todas las personas a descubrir su propia voz.